Derramo mi sangre llena de dolor por haberte perdido en una maldita pesadilla, teniendo tan cerca la vaga existencia de lo que alguna vez fue divino en la candente llama de la vida, habiendo alguna vez guardado las esperanzas de tener algún día a mi lado aquel ángel hermoso y límpido que en sus manos sostenía mi corazón errante y lleno de amor, el cual arranqué con mi daga porque nunca llegó.
Poseo aún la claridad en mi mente de aquellos sueños que nunca se hicieron realidad, por lo que alguna vez llamé amor mío. Juro que nunca renuncié en mi existencia de simple mortal, siempre luché por mi deseo lleno de locura, amor y pasión, lleno de sentimientos puros y deseos indomables que sólo por un momento se hicieron realidad en una fantasía de niña inocente, que sólo veía reflejada en mis sueños de noches oscuras y de lluvias sin fin, en cielos en los que jamás había sol, sólo estrellas. En suelos que jamás pisó alguien de belleza tan celestial como la que tu posees pero que cubres con tu manto de seda negra para que nadie lo vea.
Mientras, no queda nada tan sutil en este mundo, tan sutil como las palabras que brotan de tus labios, esos que sólo puedo mirar, labios que nunca más he de besar y que ya no importa si realmente están ahí, porque sin tu presencia ya no hay nada.
Quiero que estés junto a mí en este paraíso de sueños, que compartas mis fantasías y las hagas realidad, que ya no haya nada, ningún tipo de sufrimiento más por no estar a tu lado.
Cortaré tus alas, para que ya más nunca vueles lejos de mí, para estar sólo tu y yo, en la inmensidad de mi mundo.
